
Al final de mayo
es recuerdo la esperanza sembrada.
Pronto estaremos dispuestos a la siega.
Ante nuestros ojos el grano resignado.
Mirar las amapolas
cuyos los pétalos están por caer
al calor de un rojo fugaz


Qué sonrisa produce saber que esta borrosa visión borrosa y esta genética nuestra, que nos permite reconocer rostros por todas partes, es un artefacto más poderoso que esos potentes ordenadores con sus ingeniosos programas de reconocimiento de imágenes.
Es como si el universo supiera de no somos (después de todo) tan malos artefactos y nos permite (por el momento) imaginar lo que claramente vemos.
Lleva a las niñas y niños a observar, clasificar y sonreír a las galaxias: Galaxy Zoo.


Intento volver a casa. No encuentro el mapa entre mis cosas. Revuelvo mi bolsa de viaje. Como en las pesadillas, rebusco, agitado, agitando los objetos que, ahora, me parecen inservibles. Levanto la mirada buscando auxilio. Busco hacerme una idea del desamparo en el que me encuentro en los demás.
(…)
Desvían sus miradas. Ocultan sus manos. Todos guardan sus calendarios. Sus cuentas de lunas llenas. Todos marcan los días en papeles doblados que guardan en el fondo de sus bolsillos. Mirarán sus premoniciones, más tarde, a escondidas. Desdoblando cuidadosos y celosos sus recortes ajados y se harán su composición de tiempos. Nadie me mira. Nadie se percata de mi pérdida de ruta. Conocen el día que es y yo no me sé el camino de vuelta.
(...)
Volver a casa detrás de la cuarta noche de viaje. Guiado por las nubes, el barco y las rodadas. Intuyo y sigo. Sin mapas ni ayudas.
(…)
A veces el recorrido me es familiar. Un barranco, un árbol, un risco, una vuelta del camino. Sin embargo la duda me hace desconocer y me pierde el paso durante trechos sin aliento. Guía de ciegos, el tuerto desconoce el destino marcado.
(...)
No puedo creer la suerte que tuve. La puerta seguía en su lugar. En la pared de casa mirándome fijamente. Guardando sus reproches, a la vista de mi vuelta.

restos del llanto. y el tiempo, ignorante de mis penas, da la tregua de los ilusos. la que permite escoger, durante un rato, la pena menor. dejo de oír mis culpas sin excusas. me alivio, sabiéndome aquel, el tonto de remate. pero, por un rato, me dejo. sin razones para ello, claro. no sé de la soledad ni de la noche. sólo veo estas lágrimas sobre mi pecho como la sangre en mis oídos y el recuerdo, durante un rato lejano, de ti.