martes, 24 de mayo de 2011

El principio



Dos griegos están conversando: Sócrates acaso y Parménides.
Conviene que no sepamos nunca sus nombres; la historia, así, será más misteriosa y más tranquila.
El tema del diálogo es abstracto. Aluden a veces a mitos, de los que ambos descreen.
Las razones que alegan pueden abundar en falacias y no dan con un fin.
No polemizan. Y no quieren persuadir ni ser persuadidos, no piensan en ganar o en perder.
Están de acuerdo en una sola cosa; saben que la discusión es el no imposible camino para llegar a una verdad.
Libres del mito y de la metáfora, piensan o tratan de pensar.
No sabremos nunca sus nombres.
Esta conversación de dos desconocidos en un lugar de Grecia es el hecho capital de la Historia.
Han olvidado la plegaria y la magia.

Jorge Luis Borges.

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sábado, 21 de mayo de 2011

Utopías varias


Todos tenemos nuestras utopías. Es bueno sacarlas a pasear. Que jueguen con la hierba sin cortar. Que se suban a los árboles. Que crucen la calle y pisen sus charcos.

Las utopías son como gatas. Esbeltas, ariscas y autosuficientes. A veces arañan, otras se marchan de nuestro lado (y decimos que son muy independientes) o también se te acercan a los pies, se deslizan bajo tu mano y buscan tu caricia. Cuando las descubres entre la basura se acicalan y se mantienen limpias solas. Las puedes encontrar reunidas maullando, buscándose la vida o las descubres solitarias, en lo alto de algún muro, vigilando el cielo o la calle.


En estos días parece que sacamos nuestras utopías a hablar entre ellas. Las miramos orgullosos y alegres miramos lo bonitas que se han puesto últimamente.

Les contaré un secreto. Las utopías, al contrario de lo que cree la gente, no son bellas. Nos lo parecen porque son como nuestras hijas recién nacidas. Pero cada una de ellas tiene la cara de su padre y de su madre. No intentemos creernos que son todas iguales. Tienen su carácter y sus pros y sus contras y aunque se parecen mucho, como un bebe a otro, lo normal es que no sean iguales.

Las propias las vemos más bonitas y distintas que las ajenas. No hagamos de esto un drama. Eso es bueno. Por favor, déjenlas vivir en paz. Que crezcan, que busquen sus simpatías y sus antipatías libremente. No les pidan que sean perfectas, coherentes o sin contradicciones. Debemos recordar que son lo que son: las utopías de nuestros ojos.

domingo, 15 de mayo de 2011

Un ¿re?encuentro con Celenia Mercedes Arreaza


¿Qué pasaría si te hubiera reencontrado?
Esto es una búsqueda, una llamada, un reclamo, una nota puesta en las puertas del mundo.

Te diría.
Quizás no me recuerdes. Sería lo propio. Seguramente mi rostro no sea capaz de atravesar la niebla densa del tiempo y me hayas olvidado. Sería lo más normal. Pero un día compartimos un trozo de biografía. Éramos muy jóvenes. Yo un mozalbete imberbe que te iba a buscar a tu casa. Y paseábamos por las plazas de mi ciudad natal, mientras tú eras una sorpresa con insólito y dulce acento.
Me recuerdo lánguido y torpe pero, seguramente, sería fútil y sumiso como un niño. Te recuerdo vibrante y segura pero, seguramente, serías tierna y dominante como una adolescente. Compartíamos pupitres, confidencias, versos e inútiles secretos. Borrosos recuerdos de los primeros años de juventud. Más inocencia y anhelos que deseos.

Dicen que la distancia es olvido. Pero yo no concibo esa razón.
No sé que recordarías tú si me pusiera ante ti ahora. No sé si recordarías mi nombre. No te guardo ni una foto que objetive mi memoria. Trato de enfocar imágenes desvaídas. Pero ahora necesito gafas también para mis ojos.
Recuerdo claramente que éramos buenos amigos. Eso es para mi certeza. La verdad es poderosa. Supondremos que esa amistad es una fuerza. Una energía que logra cruzar en medio de la opacidad del tiempo y la distancia. Quizás, así, descifres este mensaje.

Me doy cuenta de las dificultades.
Ya de aquellos jovencitos no seremos sino vagas sombras. No nos habremos convertido en lo que entonces pudimos fantasear sobre nuestros futuros. Cosas de la vida. Nos habremos convertido en seres que entonces no hubiésemos ni imaginado. Cosas del tiempo. Quizás ya no tengamos nada que compartir. Cosas del destino.
Claro, yo no creeré en las mismas cosas que antes. Y yo ya no sé en lo que tú crees. Pero hoy, yo si voy a creer en la suerte, en el azar. Pues, para mi sorpresa, encontré tu nombre sobre un libro de poemas. Parece que la vida, el tiempo o el destino se empeñan en dejarnos compartir algo, a pesar de la geografía, los océanos y los calendarios. Quizás.

¿Me encontraré entre tus versos?
Leo un poema:

La distancia


La distancia extiende sus brazos al abismo.
Revuelve los recuerdos con añoranza.
Trepa por las paredes de las faltas
en un trayecto que luce interminable.
La distancia conoce soledades
y toma el tiempo suficiente para descifrarse.

LX Poemas de arena y Ecos de una sombra

Te busco en el distante horizonte.


Debo seguir siendo un iluso, a pesar de tiempo.
Quizás me lo esté inventando todo y no seas aquel recuerdo. Quizás sean coincidencias y la genética humana que encaja, deforma y adopta la memoria a las formas que nos permiten sobrevivir. Unir puntos inconexos en una línea ilusa.
Quizás esto sólo sea una fantasía que me he creado para imaginar volver a quedar con Celenia en la plaza de los patos o en los escalones de correos. Quizás debería escribir un libro de poemas (de arena y sombras) sobre aquello que hoy encontré en un libro de poemas. Quizás esta búsqueda termine aquí  vana y nadie vuelva su rostro a mi llamada, ni conteste a mi reclamo. Y esta nota (que coloco en las puertas del mundo) acabe, ajada, cayendo al suelo. Olvidada una vez más.

viernes, 13 de mayo de 2011

Miradas miradas 11

Un retrato que te observa sin saber, sin palabras.
Ya te inventas lo que te dice, ya lo que calla.




Barcelona Passage


¡Qué oculta en un rincón oculto!
¿Abriga sus esperanzas de las mías,
protege sus días de los míos?

¿De su futuro en mi pasado?
¿De su temor a mi suerte?
¿De qué avisa?
¿Por qué me convierto en deudor?

¿Qué causa esta inquietud desde mis pasados días?
¿Cuánto le debo decir?

¿No hay manos
más profundas
ni ojos
más diestros
arrancándome
a mi sombra
en las sombras
en
de
por
Barcelona
esta aflicción?

¿Cuánto le debo?

Cyn McCurry