domingo, 8 de marzo de 2009

Cierta incierta lente 008




Atado en la barriga de la bestia
supe de tus litorales.
Imaginé tus caderas
y tus promesas
de un suspiro propio
de las costas
del paraiso.
Atado a la bestia,
asomado
apenas a una rendija
de la felicidad.

Alejado para siempre
de mi destino,
raptado para el presente
perfecto simple
o el infinitivo,
al fin.

sábado, 7 de marzo de 2009

Barbados 02

These are The Emigrants.
On sea-port quays
at air-ports
anywhere where there is ship
or train, swift
motor car, or jet
to travel faster than the breeze
you see them gathered:
passports stamped
their travel papers
wrapped in old disused news-
papers: lining their patient queues.


Kamau Brathwaite



Me lo comentó el viejo observador de isleños. Aquel hijo de esclavos que descubrió su inglés criollo. Ese idioma suyo que no acabo de entender bien. Ellos te lo repiten con paciencia... y si no, te lo escriben en un papel.
Yo entendí esto:

Estos son Los Emigrantes.
En los muelles portuarios
en los areopuertos
allí donde hay un barco
o un tren, veloz
motor coche o jet
para viajar más rápido que el viento
Los verás reunirse:
pasaportes estampados
sus papeles de viaje envueltos
abandonados y viejos periódicos:
forrando sus pacientes colas.


Todos acabamos de emigrantes. Haciendo colas delante de algún guardia de fronteras. Registran nuestras lenguas, nuestros dedos, nuestros rostros y nuestras miradas. Al borde del mar, todos somos Los Emigrantes.
Y si no, al tiempo viento.

lunes, 23 de febrero de 2009

Barbados 01

the drifting sand
ruins their eyes;

Kamau Brathwaite




Bajan.
Piel oscura.
Dentro de un rato los turistas colorados
nos iremos a dormir borrachos de ron.
Bajan.
De piel oscura.
El mar, el sol, el cielo,
hasta las nubes y la lluvia de piel oscura
al son de la música.
Calipso.
Bajan.
De tu piel oscura.
En la oscuridad, al borde de la carretera
vuelves a casa a oscuras.
Andando junto a tu hermana.
Sólo las luces de los coches al pasar
iluminan el camino a casa.
Bajan.
Anocheció y yo soy el visitante ajeno a ti.
Oscura y piel.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Miradas miradas 03

Un retrato que te observa sin saber, sin palabras.
Ya te inventas lo que te dice, ya lo que calla.




La leçon difficule
(La difícil lección)

Mi mandato atiende
pendiente de la respuesta
que yo dé por buena.

Señala el mandato de las letras
seria y celosa de mi encomienda
sigue mi altura y mi ceño.

Los pies fríos
tanto como mi docto lugar
ante ella.

Su corazón y sus ganas
de aquí volar
al calor del naranjo,
al sol y a su muñeca de trapo.

He aprendido
esta difícil lección,
no estoy donde debo.

William Bouguereau

lunes, 2 de febrero de 2009

Caracoles

Están en las hendiduras, los caracoles como los poemas.



Suelo presumir de criar chuchangas y caracoles. Miento, claro. Se crían solas y aparecen en mi casa por su cuenta y riesgo.


Suelo observarlas con paciencia. Las hay de todos los tamaños, colores y formas. Exagero, claro. Por aquí, el tamaño grande no supera los tres centímetros de concha, los colores son marrones o grises y las formas redondeadas o tubulares.


Se meten por cualquier sitio. Se reúnen en los resquicios en las humedades y en las sombras. En los huecos que dejas por insignificantes. Tubos, grietas, huecos. Están ahí fuera. Levantas una piedra, un tablón o un papel el suelo, abres una cancela o la puerta del cuartito de afuera y allí están. Deja a la intemperie una plancha de metálica, una bolsa plástica, alguna baldosa abandonada, una maceta por usar o unos troncos de una poda y espera. Verás dentro de una semana.


Suelo mirar sus espirales. Circulares, aritméticas, geométricas o trigonométricas. Las hay que saben de logaritmos. Suelo mirar sus crías y sus juntas de vecinos. Suelo seguir sus babas sobre muros, caminos, paredes y suelos, cuando el sol hace brillar sus rastros. Dibujan. Les va la vida en ello. Son más rápidas de lo que parecen y más lentas de lo que ellas quisieran. Comen con empeño, sin tino y sin respetar hoja, flor o fruto. Viven al día. Buscan pareja obsesivamente e impúdicamente. Se juntan, se solazan, se restriegan en cuanto se encuentran. Ya ven, la fortuna de ser hermafrodita.


Suelo tener paciencia con ellas. No uso babosin en mi huerta. Y me dedico a darles cerveza hasta morir. Me engaño, claro. Ellas son las pacientes. Aún sin mis escrúpulos ecológicos, volverán a venir a comerse mis hortalizas o mis flores.


Aprendí de chico a tocar levemente sus antenas para que se retrayeran. Las buscaba y las arrancaba de su sellada estivación. Les organizaba marchas y carreras. Aprendí a buscar sus conchas abandonadas y cantarles pidiendo que salieran al sol. Caracol, col, col.


Son amigables y blandas. Desvalidas, impertérritas y blandas. Cargan consigo como con su casa y nos crean esa falsa imagen de mezquindad. Sus viajes son sus estancias, su hogar el recorrido. Su porvenir la próxima humedad. Supervivientes y endebles arrastran su sino junto a nuestros perímetros, al tiempo cerca y lejos de donde estamos. No vaya a ser que, como ocurre a menudo, acabemos aplastándolas sin haberlas visto. Dejando, únicamente, un brillante rastro de babas para el porvenir.

sábado, 24 de enero de 2009

Cierta incierta lente 007



Corría el año dos mil nueve
abandonado a su suerte
se buscaba.

La vida apenas.

Visto y oído.
Ni visto ni oído.

Ffff.

sábado, 17 de enero de 2009

Anelio Rodríguez Concepción

Ayer tarde Anelio presentó su primera novela. Ir a un acto donde Anelio presenta alguna de sus creaciones es como cuando volvemos a la casa de la niñez. Uno regresa allí y no tiene que aparentar ser distinto de lo que en el fondo es. Anelio reúne (nos reúne) a sus amigos. Quizás podamos hablar con él unos instantes, pero sabes que esos minutos los comparte con la complicidad y el cariño de los que se conocen de siempre y no necesitan de más presentaciones o aclaraciones.

Es fácil achacar el calor que comparte a su condición de palmero. Pero todos sabemos que eso no es más que el envoltorio, el método escogido por Anelio para mostrar su afecto. Estoy seguro que si hubiera nacido en el Amazonas, en Australia o en Madagascar nos acogería con la misma familiaridad. Reconozco que prefiero el estilo palmero. Me es grato y cómodo, como esa vieja rebeca que uno se pone siempre sin darse ni cuenta, para asegurarse la comodidad, en los días de frío.

Anelio te cuenta las cosas y los demás esperamos pacientemente. Nos va nombrando unos a otros, aún cuando no nos conozcamos entre nosotros y así nos ofrece extraños parentescos o viejas camaraderías que desconocíamos tener. Tabaqueros, filósofos, maestras, futbolistas, catedráticos, oficinistas, cantantes, poetisas, borrachos, pilotos, políticos, o actrices somos revueltos en sus historias cotidianas con sus parientes o su propia familia y sale un dulce suave de paladar y fuerte de calorías. Vas caminado junto a él y te cuenta las cosas y él va saludando a unos y a otros (amigos), e intercalando y trenzando unas y otras conversaciones con la tuya. Así todos esperamos con una sonrisa a que acabe...que no acaba nunca.

Anelio es un enorme escritor. Sobre su obra se escribirán tesis y se montarán congresos con expertos y carajudos ponentes. (Ya estoy viendo su cara cuando le digan que dije esto). Tengo ese firme pálpito. Poeta, cuentista, ensayista, narrador, investigador y ahora, sin disimulos, novelista. Felicidades. Además de doctor, pintor, cantante, profesor, editor y fumador exquisito de puros, siempre anda complicándonos la presentación que sus amigos tenemos preparada sobre él para aquellos que no lo conocen.


Publicada por la Obra Social y Cultural de Cajacanarias, La abuela de caperucita parece una de esas historias que Anelio te cuenta una noche de vinos y que, cuando la recuerdas a la mañana siguiente, parece “inincreible” (término que Anelio le ha tomado prestado a algún amigo).

Bueno... debo soltar este teclado para comenzar la lectura de la vida de Doña Luisa, el personaje protagonista de la novela. Si. Soy capaz de recomendar la novela de Anelio sin haberla leído. Vengo oyéndole historias desde hace veinte años. Le vengo leyendo poemas y cuentos desde que lo conozco. Salvo que crean que la famosa ola gigante de los sismólogos ingleses se tragará a La Palma finalmente, crean que la historia de Doña Luisa en La abuela de caperucita nos valdrá la pena.